¿Estás amargado y no lo sabes?
Por: Jared Spyker

Hebreos 12:14–17. Este pasaje no enseña que exista un momento en el que Dios niegue el arrepentimiento a quien verdaderamente lo busca. El contexto de la historia de Esaú muestra otra realidad: él menospreció durante años la herencia que Dios le había dado y, cuando quiso recuperar las consecuencias de sus decisiones, ya era demasiado tarde.

El énfasis del autor de Hebreos no está en la pérdida del perdón, sino en el peligro de permitir que una raíz de amargura crezca en el corazón.

La amargura no aparece de un día para otro. Nace cuando dejamos de valorar la herencia que tenemos en Dios y comenzamos a poner nuestro corazón en otras cosas; y nunca afecta solamente a quien la alberga, sino que también termina contaminando a quienes lo rodean.

Podemos servir, obedecer, orar, leer la Biblia o hacer buenas obras con una motivación equivocada. Es fácil caer en la trampa de pensar: «Si hago esto, Dios me bendecirá y resolverá mis problemas.»

Pero cuando nuestra meta deja de ser Dios mismo y pasa a ser aquello que esperamos recibir de Él, inevitablemente llegará la frustración. Cuando hacemos de las bendiciones nuestra recompensa, terminamos sintiendo que Dios nos quedó debiendo algo y allí comienza la amargura.

Como hijos de Dios, nuestra mayor herencia nunca ha sido la bendición material, una respuesta específica o una vida sin problemas. Nuestra herencia es Su presencia.

Dios ya nos dio el regalo más grande que podía darnos: acceso a Él por medio de Jesucristo. Todo lo demás son añadiduras de su amor y de su gracia, pero ninguna de esas cosas puede ocupar el lugar que solo Dios debe tener en nuestro corazón. Cristo no quiere ser solamente el medio para alcanzar bendiciones o incluso el cielo; quiere ser nuestra mayor satisfacción. La verdadera vida eterna comienza desde ahora, porque consiste en vivir en comunión con Él. Nuestra herencia no es simplemente un lugar al que iremos algún día; nuestra herencia es disfrutar de la presencia de Dios.

A lo largo de la historia bíblica vemos que Dios siempre ha buscado formar un pueblo que lo ame por quien Él es, y no solamente por lo que puede dar. Cuando Dios ocupa el primer lugar, las bendiciones dejan de ser la meta y se convierten en regalos de su gracia.

Los creyentes a quienes fue escrita la carta a los Hebreos estaban siendo perseguidos. El autor les recuerda que seguir a Cristo nunca fue una garantía de una vida sin dificultades, sino un llamado a permanecer fieles porque Cristo es suficiente. No porque todo sufrimiento sea un castigo, sino porque Dios, como Padre, utiliza incluso las pruebas para formar el carácter de sus hijos.

Cuando vemos a Dios primero como Padre, nuestra perspectiva cambia. Lo que hoy parece una pérdida, una espera o una prueba puede ser parte del proceso mediante el cual Él nos está conformando a la imagen de Cristo.

El camino para vencer la amargura no consiste únicamente en esforzarnos por amar más a Dios. La verdadera transformación ocurre cuando comprendemos cuánto nos ha amado Él primero. (1 Juan 4:19)

Cuanto más experimentamos el amor de Dios, más libres somos para obedecerle, confiar en Él y permanecer firmes, aun cuando no entendemos lo que está ocurriendo.

Hoy el Señor nos recuerda que nuestra recompensa no es simplemente lo que Él hace por nosotros. Nuestra recompensa es Cristo mismo. Cuando descubrimos que Su presencia es suficiente, dejamos de vivir esperando que Dios nos de algo para comenzar a disfrutar del mayor regalo que ya nos ha dado: Él mismo.

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