Santifícanos con tu verdad
Por: Pastor Martín Holguín

Conocemos historias tristes de personas que, aunque dicen tener a Jesús, se rehúsan a dejarse transformar por la verdad. En lugar de permitir que la Palabra guíe sus vidas, adoptan como verdad lo que el mundo les dice y terminan enfrentando las consecuencias de vivir bajo principios equivocados.

Juan 17:17 (NTV). Muchos asisten a una iglesia, pero no quieren ser transformados. No se dan cuenta de que permanecen iguales porque no permiten que la verdad cambie su manera de pensar.

¿Cómo nos santifica la verdad? Para comprenderlo, necesitamos entender qué significa la santidad y por qué es tan importante. 1 Pedro 1:16 (TLA). Hebreos 12:14 (NTV)

Un santo no es una imagen o estatua de alguien que vivió hace siglos, que nunca hizo una travesura y siempre tuvo cara de inocente. La santidad tampoco significa perfección absoluta. Si así fuera, sería inalcanzable. Sin embargo, Dios nos dice claramente: «Sed santos».

Santo es aquel que permite diariamente que su vida sea influenciada y transformada por Jesús, quien es la VERDAD y cuyas palabras son verdad. La santidad no se alcanza únicamente mediante nuestra fuerza de voluntad. En cambio, podemos entender la santificación como un proceso en el que la influencia de Jesús transforma progresivamente nuestra vida.

Cuando comenzamos a dedicar tiempo a estar con Jesús, leyendo y meditando en Su Palabra, sus enseñanzas empiezan a influir en nuestros pensamientos, actitudes y acciones. Comenzamos a parecernos más a Él. Este proceso de transformación dura toda la vida y se llama santificación.

La santidad es mucho más que una perfección moral inalcanzable. Ser santo significa ser diferente: no hacer lo que todos hacen ni pensar como piensa todo el mundo. Significa ser apartado para un propósito divino, un instrumento en las manos de Dios.

Dios es glorioso, grande y único, la fuente de toda vida y de todo lo bueno que existe. El sol es una buena metáfora de su santidad: su influencia transforma todo a su alrededor, pero acercarnos demasiado puede destruirnos, no porque sea malo, sino porque su poder es demasiado grande para nuestra condición impura.

En el Antiguo Testamento, acercarse a la presencia de Dios requería pureza moral y ritual, apartándose de aquello que representaba la muerte y la impureza, como los cadáveres, ciertos fluidos corporales y la lepra.

Pero la historia de Isaías nos revela algo extraordinario: «Con él tocó mis labios y dijo: “¿Ves? Este carbón te ha tocado los labios. Ahora tu culpa ha sido quitada, y tus pecados perdonados”». (Isaías 6:7).

Normalmente, lo impuro contamina lo que toca. Sin embargo, el carbón encendido del altar transmite simbólicamente su pureza a Isaías. Él no es destruido por la santidad de Dios, sino transformado por ella.

Cuando Jesús vino, cumplió las profecías de maneras sorprendentes. Tocó y sanó a muertos, leprosos y a la mujer con flujo de sangre. Los evangelios nos muestran que, en Jesús, la santidad no se contamina con la impureza, sino que restaura y transforma.

La visión de Ezequiel 47:1-12 presenta un río que fluye desde el templo llevando vida y sanidad. Esta imagen, relacionada con el Salmo 1 y Apocalipsis 21, nos recuerda que ahora nosotros somos templo del Espíritu Santo y estamos llamados a llevar la vida de Dios a nuestro alrededor.

De la misma manera, cuando dedicamos tiempo a estar con Jesús nos parecemos cada vez más a Él. Este proceso de transformación dura toda la vida y se llama santificación.

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