¡La preocupación: una plaga silenciosa!
Vivimos en una época donde la preocupación se ha vuelto parte de la vida cotidiana. Sin embargo,
no solo afecta al mundo en general, sino también a muchos cristianos.
El diccionario define la preocupación como un estado de ansiedad, incertidumbre e inquietud frente
a situaciones que generan temor. Pero la pregunta es:
¿Por qué está mal que un cristiano viva preocupado?
La respuesta es sencilla: la preocupación contradice la voluntad de Dios porque, en el fondo, asume
que Dios no cumplirá Sus promesas. En lugar de confiar en Su provisión diaria y en Su tiempo
perfecto, la preocupación nos lleva a pensar que todo depende de nosotros.
La ansiedad ahoga nuestro crecimiento espiritual, nos roba el gozo del presente y, además, no
cambia absolutamente nada de las circunstancias que enfrentamos.
1. La preocupación revela una desconexión con la fe
Jesús fue muy claro cuando dijo:
«No se preocupen por su vida, por lo que comerán o beberán, ni por su cuerpo, por la ropa que
vestirán…» (Mateo 6:25-27).
Luego nos recuerda que, si Dios alimenta a las aves del cielo y viste con belleza a las flores del
campo, con mayor razón cuidará de Sus hijos.
Cada vez que vivimos dominados por la preocupación, actuamos como si Dios no fuera a intervenir
cuando más lo necesitamos.
2. La preocupación no produce ningún resultado
Jesús también preguntó:
«¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora a su vida?» (Lucas
12:25).
La respuesta es: nadie.
La preocupación no cambia el futuro. Solo consume nuestras fuerzas en escenarios que todavía no
existen.
Podríamos decir que preocuparse es «meditar constantemente en las cosas equivocadas» e intentar
controlar un futuro que solo pertenece a Dios.
3. La preocupación nos roba el gozo de hoy
Cuando vivimos preocupados, dejamos de disfrutar el presente porque estamos sufriendo por un
futuro que aún no ha llegado.
Terminamos cargando pesos que Dios nunca quiso que lleváramos.
Como creyentes somos llamados a disfrutar el regalo del día de hoy, recordando que las
misericordias del Señor son nuevas cada mañana.
El verdadero poder espiritual nace cuando nos deleitamos en Dios.
Nunca olvidemos esta verdad:
«El gozo del Señor es nuestra fortaleza.»
Ese gozo no depende de las circunstancias; proviene de Dios y nos fortalece para seguir adelante.
4. La preocupación intenta bloquear nuestra paz
Filipenses 4:6 nos da una instrucción muy clara:
«No se angustien por nada; más bien, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias
por todo lo que Él ha hecho.»
Y en 1 Pedro 5:7 encontramos otra promesa maravillosa:
«Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en las manos de Dios, porque Él cuida de ustedes.»
Dios nunca quiso que cargáramos solos nuestras preocupaciones. Él nos invita a entregárselas.
En mi oficina tengo una placa que dice:
«NO ME PREOCUPARÉ.»
Esa frase se ha convertido en una confesión diaria.
La Biblia enseña que la vida y la muerte están en el poder de la lengua. Por eso he decidido hablar
vida sobre mis circunstancias y declarar la fidelidad de Dios por encima de mis emociones.
Un desafío para esta semana
Quiero dejarles una tarea para ustedes y también para sus discípulos.
Primero, hagan un inventario personal.
Deténganse a identificar cuáles son las situaciones específicas que hoy les producen preocupación.
Luego, busquen en la Palabra de Dios los versículos que respondan a cada una de esas
preocupaciones. Reemplacen la ansiedad por las promesas de Dios.
Háganse estas preguntas:
• ¿Por qué Dios me dice que no me preocupe?
• ¿Cuál es la verdadera raíz de mi preocupación?
• ¿Qué revela mi preocupación acerca de mi confianza en Dios?
• ¿Mi hábito de preocuparme está debilitando mi fe o la de mi familia?
• ¿Qué dice la Biblia acerca del futuro?
• ¿Qué promesas de Dios responden a aquello que hoy me preocupa?
• ¿Cómo puedo renovar mi mente para dejar de vivir en ansiedad?
Conclusión
La preocupación constante no solo roba nuestra paz; también puede impedir que avancemos hacia el
propósito que Dios tiene para nuestra vida.
Cuando aprendemos a confiar plenamente en el Señor, dejamos de vivir dominados por el temor y
comenzamos a caminar en fe, paz y esperanza.
Confiemos en Dios. Él sigue teniendo el control.
¡Amén!